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Una Mujer Estresada

No te fíes...

Parque de Bonaval, 13:46h, 26ºC. Inchina: bocata en una mano, carboncillo en la otra. Anaira: se mete un bocabit en la boca y repara en que el pervertido de Bonaval está al fondo del parque

A: ¿Cómo se puede ser tan pervertido? Imagínate si tiene novia
I: Lo malo no es que tenga novia, lo malo sería que tú fueras su novia

(“puajjj” colectivo)

Parque de Bonaval, 14:20h, 26ºC. Anaira abre un paquete de ceras. Inchina fisga y advierte que el pervertido ya se ha ido

I: ¿Sabes qué es lo peor de todo? Que si lo veo por la calle en una situación normal diría que está bueno
A: No... lo peor es que yo también. ¿Te imaginas salir una noche, pasarnos de copas y liarnos con él?
(Silencio. Dudas... silencio)
I: Te imaginas... ¿que eso ya haya pasado?
(risas y un “yo-no-bebo-más” colectivo)

Cambio de estaciones

Cambio de estaciones

La ciudad retoma su temperatura habitual, la claridad del día disminuye. El cielo se enfurruña porque hay que volver al colegio, o simplemente empezarlo. Recuerdo la primera vez. Las escaleras se perdían en las alturas, todos entraban y salían... yo no conocía a nadie y esas repipis no me dejaban saltar a la comba. En fin, acabé jugando al equipo-A con los niños, que era mucho más divertido.

En Galicia el otoño suele adelantarse, pero nunca al mismo tiempo para todos: cada uno tiene una forma especial de darse cuenta. Por ejemplo, un día sales de la piscina del Campus Sur sientiendo cómo el pelo mojado te congela poco a poco la cabeza y... ves una hoja en el suelo. La coges, la haces girar varias veces pellizcando el tallo entre los dedos y piensas: ¿habrá llegado?

Al llegar a casa te tomas un antigripal (claro, porque lo de volver empapada ha sido muy mala idea). Te secas la cabeza con una toalla porque el miedo de fundir secadores extranjeros en corrientes que no son la suya puede contigo. Decides darte un homenaje, un cigarrillo sólo esta tarde, un buen libro, un capuchino. Caminar descalza por una galería de madera sin barnizar. Observas el convento de Ante-Altares, saludas al capellán que también ve llover desde su balcón (genial, ahora pensará que eres una mala mujer que fuma tabaco y bebe café). Echas de menos unas magdalenas de la madre abadesa o una tarta de almendra. La chimenea, el campanario, el claustro. Las torres de la catedral. Un dong, dong, dong... así hasta siete.

La corriente sube por las juntas del palosanto sin barnizar y se te cuela entre los dedos de los pies. Ahí abajo las piedras de la calle de antealtares descansan entre tristes y mojadas, una rayuela de tiza se deshace poco a poco en la calzada. Tu subconsciente ruega por unos calcetines aunque aún no te des mucha cuenta. Estás absorto, pensando en aquellas palabras:

Todo era mentira. Cada sonrisa ocultaba un bostezo de aburrimiento, cada alegría una maldición, todo placer su hastío, y los mejores besos no dejaban en los labios más que un irrealizable deseo

Un qué triste y una calada. No me creo que la vida sea así... ¿o sí?. Quizá sea todo tan previsible que...

Un trueno. La electricidad estática, el miedo busca una explicación. ¿Habrá llegado?. La lluvia repiquetea con fuerza sobre una cristalera irregular que hace más de cien años alguien confeccionó a mano. Nunca verás dos iguales, ni entre ni a través de ellos. Sonríes. Rebañas la espuma del tazón.

No, ya no.

" [...] nadie puede jamás dar la exacta medida de sus necesidades, ni de sus conceptos, ni de sus dolores, y la palabra humana es como un caldero cascado en el que tocamos melodías para hacer bailar a los osos, cuando quisiéramos conmover a las estrellas."

(extracto de Mme. Bovary, Gustave Flaubert)

Bibliotecas en la calle

Bibliotecas en la calle

Acabo de echar el vistazo al blog de una amiga y he descubierto algo que me ha sorprendido. Resulta que existe una especie de club de lectura callejera en el que la gente etiqueta uno de sus libros y lo olvida estratégicamente en algún lugar de su ciudad para que otros lo lean.

Como no podía ser de otra forma, esta biblioteca "pública" tan original empezó en EEUU. Pero no os sorprendáis si un día os sentáis en la marquesina del autobús y véis un libro con una etiqueta que diga "Book-Crossing España". ¿Qué hacer entonces? leerlo, comentarlo en la web de Book-Crossing España y volver a olvidarlo voluntariamente en algún lugar de tu ciudad para que otros tenga la oportunidad de leerlo.

Apuesto que muchos os estáis preguntando "¿y si alguien choriza el libro? vaya movida dejar un libro lirado por la calle". Sí, es cierto, hay riesgos de que te lo tanguen pero estoy segura de que todos tenemos un libro en la estantería al que no hacemos ni puñetero caso.

Y en la era de la informática y de los libros electrónicos ¿no es mágico encontrarse a Madame Bovary abandonada en un banco del parque? :)

Últimos olvidos para los estresados más habituales:

- En A Coruña
- En Sevilla
- En Santiago
- En Valencia
- En Boston
- En Madrid

180º

180º

Había sido un pésimo jugador. Lento, indeciso, arrastraba los pies sobre el tablero siempre retrasando la mudanza a una nueva casilla. Hasta que un día entre arrastre y arrastre cayó de bruces y por fin reaccionó. Todo dio un giro radical. Creía haber encontrado algo nuevo que le ayudaría a mejorar sus movimientos, eso que los hijos del quattrocento bautizaron como perspectiva. Y ahí estaba, todo un experto saltando de casilla en casilla con una agilidad pasmosa, jamás echando de menos las viejas partidas ni parándose a pensar en la actual. Ya empezaba a planear la siguiente jugada, cuando de pronto:

¿No sabes bailar una nana?

Y esquivando, esquivando... ¿la casualidad más estúpida y remota que alguien pueda imaginar? Sí, esa. Pues esa le ha puesto en jaque. “Venga, no digas tonterías”. Y un beso en la nuca frenado por un frío y seguro “Jamás digo tonterías”.

- Será cantar una nana, ¿no?
- No, bailarla. Fred Astaire las bailaba


¿Cómo?. Ella suspira. Sonríe, y el aliento recorre las hebras del flequillo como sus dedos el teclado del Steinway & Sons que nunca había sido suyo. El cómodo sillín de pianista gira y responde: Con arena. La arena de un enorme cenicero de hotel.

¿Arena?

Despega un caramelo de su celofán y empieza a acariciar el principio de una melodía de Bach que no tocaba desde los quince. Ya ha olvidado su nombre pero no sus primeras notas. Veía a su padre tocarla cientos de veces en ese mismo Steinway. Ella lo había intentado otros cientos de veces más, pero la impotencia de sus pequeños e inútiles dedos nunca le permitió hacerlo correctamente.

Yo no puedo hacer eso, no soy Fred Astaire. Sus pies descalzos pulsaron con fuerza la superficie helada de dos pedales, tal y como solía hacer cuando la rabia la invadía tras confundirse en una nota. Pellizó entre los dedos pulgar e índice la redondez del fino metal. Yo tampoco soy pianista, pero este piano es parte de mi

- No te entiendo
- Lo sé. Yo misma no acabo de entenderme del todo


Sólo su contrincante, su adversario en si aunque no se atreviera a enfrentarlo, le había susurrado telepática, involuntariamente aquella vieja melodía. Algo que le había sido tan sencillo perder como recuperar en aquel preciso instante. Arena, imaginación, cinco antiguas notas, un sombrero de copa... el fin de su eterna estrategia. Se levantó, se puso unos zapatos. Salió a la calle decidida a volver a ser ella misma, a gritar que había vuelto (tonterías incluidas).

Y movió ficha

Entrevista con el Dr. Barnard

- ¿Tú no lo necesitas?
- No sé. Hace tiempo que dejé de hacerlo. Ya sabes, cuando te apoyas demasiado en la gente tarde o temprano acabas cojeando
- ¿En serio piensas así?
- ¿En serio crees no lo pienso?
- (Silencio...) No sé, me desconciertas. Yo sí lo necesito. Si tuviera alguien en quién confiara realmente no necesitaría a nadie más

(Y el chasqueo de un mechero. Traducción: "necesitas implantarte un corazón")

You've got Mail

You've got Mail

La edición digital de Las Provincias ha publicado un fragmento de uno de los últimos posts de Vicente titulado "enamorarse por internet"

(Sí Brianda, también salen nuestros comentarios... de aquí al diario de Patricia sólo hay un pequeño paso :P )

Por los demás

Hoy no sé si sentirme bien o mal. Si arrepentirme de lo que acabo de pensar o no. Porque acabo de dar gracias por no ver tus apellidos entre el Regimiento Aerotransportable 29 de Galicia. Porque el pulso se me disparaba a mil por hora cuando la mente me jugó una mala pasada y creí leer tu nombre. Porque lo siento tanto, tantísimo por esa gente que me avergüenzo de haber pensado lo que pensé. Porque sé lo que se siente cuando alguien va a una guerra y tienes miedo de que un día llamen a tu puerta diciendo precisamente lo que jamás querrías oír.

Ellos no han dado su vida por su país. Han dado su vida por ayudar a los demás, por que puedan tener lugar unas elecciones democráticas en un lugar que nunca lo ha sido. No sé a los demás, pero a mí me enorgullece. Siempre he estado orgullosa de la labor humanitaria, la haga quien la haga.

Hoy, desde este pequeño rincón, quiero dar mi más sentido pésame a esas 17 familias

Ya debe hacer un año...

Ya debe hacer un año...

... desde que me giré en Cervantes al oírte preguntar dónde estaba Malas Pécoras. Que ése imbécil de Barakaldo me vaciló por ser de Neguri. Que me confesó que no se comía un rosco, que le dije que no me extrañaba en absoluto.

Un año y dos horas después que me volviste a preguntar qué había al otro lado del mirador. Que te dije que no era tu jodida guía turística. Que nos tumbamos en la hierba muertos de risa por la tremenda rajada.

Diez minutos más que bebimos un mojito. Que te comiste mi hoja de menta porque a mí no me gustaba. Un tiempo indefinido compartiendo un cigarrillo, hablando de política, del 11-M, de cómo se conocieron tus padres. De aquella novia griega con nombre de diosa. Horas que ya ni recuerdo caminando por la Virgen de la Cerca, descubriendo que adorábamos el Padrino, el fabuloso destino de Amélie Poulain, el flamenco y Granada. Que mentiste al asegurar que bailaba sevillanas como si fuera de allí. Que las bailamos juntos en silencio, en plena calle.

Un año y ocho horas juntos que me diste una gran lección en el momento preciso: la libertad, una sonrisa. Todo un me, myself & I. Ocho horas que nos permitimos el lujo de ser, que aún somos libres... y todavía nos reímos a carcajadas al recordar aquella noche. Que se puede intuir en las palabras el tan lejos de Ketama. Y pensar que tan sólo quedan horas para volver a cantar, a bailar ese tan lejos tan cerca

La vida está llena de increíbles casualidades, incluso bajo los soportales de Cervantes

N del T

N del T

Él

No podía conocerla después de un tiempo tan escaso. Se repetía una y mil veces que era imposible, que no lograba descubrir a la gente ni incluso después de varios años. Quizá por eso mismo no debía sentirla. Pero algo le decía que sí, que se la encontraba en todos los charcos de octubre, en todos los espejos del pasillo. En el retrovisor de su coche y en la luna de algún escaparate. Era una intuición extraña, el hormigueo en el estómago que antecede a un examen. Entonces, cuando la imaginación le jugaba aquellas malas pasadas, sabía que siempre había sido capaz de definirla.

Ella en sus pensamientos

Era redonda como una manzana. Suave y fina como la comisura de sus labios. Fuerte como el carmín que los dibuja. Lluviosa como una tarde de otoño. Dulce como le Moulin de Yann Tiersen. Irracional como un grito al vacío. Etérea como algunas de sus respuestas. Inestable como el tiempo que transcurría a su lado. Libre y lejana como nadie que pueda recordar en este preciso momento.

Él, una vez más

Volvía a dibujarla en una servilleta de papel, debajo del “gracias por su visita”. No la esbozaba de forma consciente. Era tan sólo un garabato somnoliento a las nueve menos diez de la mañana, la curva de una guitarra levemente trazada ante un café. Después de aquel delirio involuntario soltaba la estilográfica y frotaba una mano contra su frente en un gesto cansado, harto de no volverla a ver en veinticuatro horas más de aquel nuevo día. Agotado de fingir no ser ella, de no admitir conocerla tal y como creía conocerse a si mismo.

Ella

No hablaba para no descubrirse. Era fuerte pero temerosa. Valiente, pero indecisa. Una nube de polvo en un desván olvidado. Perdía sus paraguas, mojaba los zapatos. Adoraba el misterio de un secreto. Solía tratar de recordarle en los autobuses, dibujando sobre el vaho de unos cristales entre gota y gota, pero nunca conseguía definirlo del todo. A veces los recuerdos le fallaban y sabía que pronto necesitaría utilizar algún sentido.

Ambos

Eran la cruz de una sola moneda, harina de un mismo costal. Leían la misma historia, repasaban palabras similares. Habían pisado las mismas calles y una casualidad les hizo cruzar las miradas alguna que otra vez. Pero nunca se paraban a pensarlo a lo largo del camino. Sólo un paso, otro paso, otro... cada uno por su lado. El viento dibujaba espirales con las hojas de los árboles, removía el vuelo de una falda, las páginas de otro libro. Y seguían caminando. De vez en cuando cerraban el paraguas, quizá. No sé si a la vez, pero lo hacían para sentir la lluvia en las pestañas, el frío en las mejillas. A veces el chof de una alcantarilla.

Y es que la vida seguía, impasible, incluso para aquellos que algún día soñaron volver a tropezar en algún tramo del camino.

¿Será porque las paralelas nunca llegan a cruzarse?

"Tomás, porque me has visto has creído. Dichosos los que sin ver creyeron"
(Juan 20, 29)

Eva dijo...

Eva dijo...

Esta canción fue escrita en Santiago de Compostela. Y sonaron los primeros acordes de Moriría por vos:

- ¿En Santiago de Compostela? ¡Anda ya!
- Con lo que nos gustaba esta canción... no seas mala pécora
- La canción dice "veo caer la nieve en la hierba".
- Bueno, yo recuerdo una vez que nevó en Santiago. Tenía seis años y saqué un plato por la galería de Antealtares. ¡Se llenó de nieve!
- ... (cara de escepticismo)

Juan cantando solo. No se entendía nada, en eso estoy de acuerdo:

- Oh mira, salen Juan y su incipiente calvicie
-  Ya empezamos...

-  Venga, ¿por qué crees que lleva la gorra? ¡A VER SI VOCALIZAAAAAAS!
- (Vale, no pude evitar reírme. Tenía razón)

Eva de nuevo. Agradeciendo hasta al último humano que quedaba en pie en la Quintana por estar allí:

- Vale tía, estás de coña ¿no? Ya se lo has agradecido a 50 personas
- (suspiro)
- Si quiere le traemos un diván y así el psiquiatra ya le sale gratis. Mira cómo salta, parece que se ha comido veinte bollycaos...

Lo cierto es que lo pasamos de miedo, sarcasmo incluído. Los mejores momentos vinieron acompañados de Subamos al cielo y Revolución.

Revolución es muy especial para mi. Me recuerda los momentos que suelen explicar mis padres entre la sopa de fideos y los rapantes del mediodía. Las carreras delante de los grises, esconderse de la lluvia de palos en un viejo portal modernista, encerrar a los catedráticos en una habitación durante interminables horas de protesta, escuchar Quilapayún e Inti Illimani, votar por una democracia...

Pero lo más importante no es el pasado que evoca, sino las ganas que te dan de superar la gilipollez y la apatía que tanto abundan en el presente. Escuchando las viejas batallas de la gente que tenía frente a su propia puerta algo por lo que luchar te dan ganas de pensar con tu propia cabeza, de dar forma a tus propias ideas. De no dejarte llevar como todos los días, sentado en el salón viendo las peores noticias, los diez segundos de anuncios pidiendo ayuda humanitaria, los veinte de enviar tono gasolina al 5555. A veces todo parece tan sencillo, tan estúpido... hoy en día es tan fácil pasar por la vida haciendo oídos sordos a lo que sucede al otro lado de tu barrio que incluso llega a asustarme. Me asusta que algún día consigan anularme del todo.

¿Hay una campaña global para vendarnos los ojos? ¿Para anular nuestra forma de pensar?

Somos demasiados y no podrán pasar por encima de los años que tuvimos que callar, por los libros prohibidos y las entradas secretas. Por todos los que un día se atrevieron a gritar que la tierra era redonda y que había algo más que dragones y abismo donde acababan los mapas.

Somos demasiados y no podrán pasar por encima de la vida que queremos heredar, donde no tenga miedo de decir lo que pienso. Por todas las canciones que empiezan a nacer para no ser escuchadas y al fin lo van a ser... cantadas con rabia por los que siempre callaron.

Siento que llegó nuestra hora, esta es nuestra Revolución. Porque siento que este es el momento de olvidar lo que nos separó y pensar en lo que nos une

(Juan Aguirre y Eva Amaral)


Quizá esta sea nuestra Revolución. Nunca es bueno olvidar del todo, hay que aprender de los errores del pasado y para eso están los libros de historia, para recordarnos los fallos. Pero también hay que dejar a un lado lo que nos ha separado, porque por eso ya lucharon nuestros padres. Yo creo que nuestra verdadera revolución sería empezar a pensar en lo que nos une, como dice la canción, y rechazar que alguien nos diga cómo tenemos que pensar, a quién tenemos que odiar. Que nos sigan anulando, vendando los ojos.

¿Vosotros qué creéis?

Siempre juro no volver...

Siempre juro no volver...

... pero al final en el Apóstol acabo. Lo cierto es que estos últimos dos años ha sido mucho menos multitudinario (recuerdo aquel año en el que tarde 20 minutos en cruzar el campillo de la Alameda), así que no me puedo quejar. La noche fue fantástica.

Quedamos en la alameda, como todos los años, mi mejor amiga y yo para después reunirnos con los demás. Esta vez no pudimos ver los fuegos juntas porque ella estaba fuera de Santiago, pero yo si que me acerqué... ¡no me lo perdería por nada del mundo! Os dejo unas fotillos por ahí abajo :)

Y Nosotras otra vez al de un par de horas. El fotógrafo espontáneo no hacía más que repetir: ¡tranquila que no te robo la cámara, que soy colega de tu amiga! (realmente estaba preocupado por si pensaba mal de él... de hecho la preocupación le hizo descentrar la foto y cortar a la mitad de la peña, jaja)

Nosotras al llegar...

Lo cierto es que el Apóstol es algo fuera de lo normal, ya no sólo por los fuegos y las actuaciones... todo el mundo habla con todo el mundo, aunque no se hayan visto nunca. Los desconocidos se saludan por la calle y la alegría se contagia de unos a otros de una forma rarísima (vale, el whisky también ayuda). Recuerdo el último Apóstol con Salomé, justo el 25 era su cumpleaños y cuando a las 24.00h acabaron los fuegos dijo literalmente que había sido el mejor cumpleaños de su vida.

Felicidades de nuevo Salomé, y felicidades también para Eva si me está leyendo. ¡Ayer también brindamos por vosotras!

Música brasileira en la Quintana, gospel en el Toural y en el campus sur... ¡¡¡soul, hip-hop y reggae!!! (flipé cuando empecé a oír de lejos a los Jackson Five, luego ya no pudimos evitar acercarnos). Por cierto, dentro de las copas que me había tomado aún pude distinguir que Mr. Dj tenía un Mac

Lástima que perdieramos las pegatinas de Galiza Ceive, literalmente nos forraron con ellas unos amigos en pleno “Jamming” de Bob Marley (después de llamarme diglósica, la mítica coña para variar). Pero bueno, creo que es más interesante el testimonio gráfico de la retaguardia de los dos raperos de delante, no tenían desperdicio... ¡más majos!

2002

2002

Oyó tanto su nombre en las últimas semanas que por fin se aventuró a hojearlo en una esquina, a escondidas de la media docena de dependientas que atienden la librería. Una moderna, enorme e impersonal librería... ¿no es horrible? Allí estaba, sintiendo que cometía un crimen prohibido, cuando sus ojos recorrieron imparables esas ocho líneas. Y fue entonces cuando recordó a Vetusta.

Dicen que lo primero que despierta la memoria es el olor. Pero el aroma de un libro recién impreso no fue el detonante de aquella explosión de recuerdos. Fueron sus palabras, tan directas, tan precisas, colocadas justo en el lugar y en la medida oportunos. Fue su suave timbre en el cerebro lo que le hizo cerrar los ojos durante un tiempo indefinido y escuchar. El tintineo de unas hebras labradas en latón al abrirse la puerta. La nariz enrojecida por el frío aspirando el aroma de cientos de libros viejos, olvidados, adormecidos en sus estanterías. Cada letra impresa en papel barato, cada página, cada cubierta más amarilleada y de esquinas todavía más rizadas. El calor de una estufa de butano. La mujer entrada en canas que observa a la desconocida a través del cristal de sus gafas, ligeramente adentradas sobre el caballete de su nariz.

Doña Croqueta, envuelta en su bufanda, su gorro, unos guantes y un abrigo hasta los pies, disimula. Pasa por allí dos tardes por semana pero no precisamente por su pasión por la lectura. Sí, es cierto que eso también la lleva hasta aquel rincón de los soportales, que escapa de libros nuevos y le gusta observar las postales viejas y los antiguos planos del escaparate. Pero otra debilidad todavía más poderosa invita a sus pies a hacer crujir la ya combada madera del parqué. Ella camina por el pasillo y, disimuladamente, acaricia la cabeza de una vieja gata blanca y tostada que descansa sobre una silla tapizada en cuero. La mujer la mira de reojo, se ajusta las gafas y esboza una ligera sonrisa, para después volver a centrar su atención en el periódico del día. Esa mueca de encubierta aprobación que sólo sabe regalar quien ya ha sobrevivido a los hijos de sus hijos.

Ojea un libro de forma distraída mientras sus dedos acarician de nuevo el suave pelaje. Y la vieja gata se despereza con un gesto mimoso en su silla, colocada estratégicamente al calor de la estufa.

Un día la gata abandonó aquel lugar. Ella no sabe por qué, o quizá directamente prefiera no saberlo. Y no ha vuelto a visitar Vetusta, porque la silla está tan sola, la vieja dueña tan triste y todo está tan vacío sin ella que no ha podido evitar perder aquella vieja magia que se escondía tras el polvo de los estantes.

Abrió los ojos y se dio cuenta de lo frágil que es la posibilidad de recuperar los recuerdos... y qué sencillo es olvidarlos y enterrarlos en un rincón de su cabeza. ¿Cuál será el efímero mecanismo que hace recuperar los viejos momentos una vez que se han perdido?

No tuvo la respuesta a todos sus dilemas. Es más, no consiguió responder ninguno de ellos, pero tuvo la posibilidad de acariciar de nuevo aquel momento. No sabía cuándo lo volvería a recordar, pero le bastó con ser consciente de que aún no lo había olvidado.

Ses yeux avaient perdu leur expression moqueuse el étaient devenus rêveurs:

- C'est une belle chose la destruction des mots. Vous ne saissiez pas la beauté qu'il y a dans la destruction des mots.
-aussi dans la destruction des moments-

(G. Orwell, 1984)

A 30º y sin aftersun...

A 30º y sin aftersun...

Realmente soy afortunada y siempre hay pequeños detalles que se empeñan en recordármelo. Después de tantos años, ¿Qué haría sin él? No tengo ni la más mínima idea. ¿Quién se ofrecería a lijarme un lienzo enorme con una orbital para nivelar la pintura vieja a casi treinta grados? Nadie más.

- Has pintado tú esta... seamos sutiles. Llamémosle mierda
- No. No fui yo, y ya te vale
- Gracias a Dios, porque es una tremenda porquería. Cuando seas famosa iré a Salsa Rosa y les diré que yo lijaba tus cuadros más escabrosos para que después les pintaras por encima.
- Que no es mío.
- Sí, ya... por eso hay que levantarle la pintura. Je.

Debería haberlo tirado por aquel mirador cuando tuve ocasión por tener un sentido del humor todavía más agrio que el mío. Sarcasmo en estado puro. Que tenga cuidado con la tela.

- Cuidado con la tela
- Ya. ¿Sabes? Acabo de descubrir una cosa. Igual tiene que ver con la química... en esto que imagínate lo que sabe un abogado de química.
- Sorpréndeme
- El óleo se derrite con el calor. Mira, mira
- ¡Joooooder! ¡Mierda!
- Eh, eh. A ver si aprendemos a hablar ante un superior

¿He mencionado el ego? Creo que ya no es necesario

- Lo que hay que aguantar por un lienzo viejo. Venga superior, te invito a comer
- Que es broma, tonta. Primero acabo con esto. No te voy a dejar colgada a estas alturas, ¿no te parece?
- Absuelto, abogado (cierto, Buenafuente lo diría mejor que yo)

P.D. Todavía estoy afónica de gritar "cuidado con la tela"... y con unas quemaduras...

Mr. Big

Mr. Big

Contigo porque me matas y sin ti porque me muero

Posiblemente sea su mejor definición. Mr. Big es esa persona que entra en nuestra vida como un soplo de aire fresco, cerrando todas las demás puertas que había como alternativa. Su mirada, su risa, su forma de moverse ocupan todo nuestro cuarto, esconden los ventanales y desprenden una luz propia, tan intensa que tarde o temprano acaba cegándonos por completo. Pero al de un tiempo el aire de la habitación empieza a viciarse, nuestros pulmones se ahogan y no tenemos más remedio que abrir la puerta y respirar para poder sobrevivir, aún sabiendo que al abrirla ese soplo de aire fresco se irá inmediatamente por donde vino.

El problema es que nunca es definitivo. La segunda definición es que Mr. Big es, en la mayoría de los casos, como el perro del hortelano: ni come ni deja comer. Podrás conocer a la persona perfecta, sin problemas, sin quebraderos de cabeza, atenta, detallista... Pero si Mr. o Ms. Big vuelve con intenciones de retomar los hilos del pasado, olvídate. No habrá Aidan o persona ideal que te evite volver a tropezar con la misma piedra.

Quizá el problema esté en que la perfección es aburrida. Justamente el hecho de no ser perfectos, de no siempre encontrar las palabras o el gesto adecuado a cada instante es lo que permite que se encienda esa chispa tan especial. La incertidumbre de no saber qué vendrá después.

¿Está el truco en saber sazonar las cosas en su justa medida?

Paradojas de la vida

Paradojas de la vida

Mi madre cuenta que de pequeña adoraba el agua. Con dos años y medio y un vestido recién comprado me tiré al mar en la playa del Bao (Vigo). Algo parecido hice en playa América (Nigrán) un par de meses después... la única diferencia es que recordé la regañina y tuve la delicadeza de quitarme el vestido primero.

Ninguna de las dos veces me pasó nada, es más, parecía que la genética seguía su curso. Mi bisabuelo fue capitán de barco, mi padre patrón de yate y yo iba camino de ser nadadora "pofesional". Pues bien, la genética no acabó por cuajar: con tres años me tiraron accidentalmente en una de las piscinas de Samil (Vigo) y me quedé semiinconsciente. Desde entonces, el mar me da miedo.

Me mareo en los barcos, nunca nado fuera de cala, no me zambullo en el agua y ni siquiera pienso en meterme cuando hay olas. No es que no me guste el mar, es que me da miedo. Irene intentó que lo superara una vez. Estábamos en la playa del Orzán en noviembre, llovía y había un ligero oleaje. Entonces dijo: ¡Ahora o nunca! Y tal y como había pasado 16 años antes me quité el vestido y me dispuse a zambullirme entre las olas. Pero no fui capaz. Mientras una loca se tiraba al agua en ropa interior, la otra sólo consiguió meter los pies en el agua (todo esto amenizado con los silbidos de los de Protección Civil desde la caseta del mirador).

Creo que lo único bueno que conservaré de mi relación con el agua es el sextante de mi bisabuelo y el testimonio gráfico que los cabrones de mi pandilla sacaron de aquel día.

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